Caraqueños cuestionan la nueva escalada criminal de los precios

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Posted 14 mayo, 2019 by Norelys Sánchez in INFORMACIONES
Sobreprecios (1)

Armando Rodríguez, un hombre cercano a los 80 años, nativo de Caripito, estado Monagas, cree saber qué es lo que está pasando con esto del aumento incontrolado de los precios de los alimentos y bienes esenciales. Además, suministra colateralmente una fórmula infalible para navegar en dinero con prontitud. Pongamos, explica, que usted es pobre y quiere hacerse rico, ajá. Monta un tarantín ahí y le pone a los productos el precio que le da la gana. Nadie ve, nadie oye. Nadie hace nada. Nadie supervisa.

Sentado en uno de los bancos de la plaza Miranda, en el centro capitalino, don Rodríguez se permite ofrecer una solución para atacar el problema: mano de hierro.

“Aquí para que se acaba esa vagabundería, en primer lugar, hay que acabar con los buhoneros que son los que encarecen las cosas. Ponen un precio ahora y en la tarde colocan otro. El buhonero ha acabado con los abastos. Tienen un niño ahí enseñándole a ser ladrón. Están acabando con la matemáticas, porque te venden dos kilos por mil y un kilo por setecientos. Ahí estás acabado con la matemática. Yo digo una cosa, pasa un policía, y ven a un buhonero vendiendo y no le hacen nada. Pasa un guardia nacional no le hace nada. Digo que para que se acaba esa vagabundería hay que, como decía Chávez, poner mano de hierro. No es que los multen. Señor, usted va preso. Poner mano de hierro. Te pones a ver, ¿para qué alcanza la pensión? Para nada. En diciembre, cuando te dan el aguinaldo, cuando vienes a ver, andas como yo: remenda’o (muestra los dos parchos en el pantalón a la altura de las rodillas). No puede comprar un pantalón. Así que la única solución es poner mano de hierro contra los buhoneros que encarecen las cosas.

-¿Y cómo hacer con los empresarios que también aumentan indiscriminadamente?

-Si siembras tienes derecho de ganar con respecto a lo que has invertido, pero allí tienes al tal Lorencito (Lorenzo Mendoza, dueño del grupo Polar), que es un tronco de ladrón. No siembra, pero te compra la cosecha a ti, que eres el que te matas en el campo y con esas cosechas se hace más rico y tú más pobre. Hay que meterlo preso. No multarlo. Expropiarle todo. Tú no siembras, pero eres el dueño del maíz y le pones el precio que te da la gana. Ese bandido debía estar preso, expropiarle bienes. Si el Presidente de la República me está escuchando, que lo garre y lo meta preso, el pueblo se va a alegrar.

María Rama Chato y su esposo Andrés, ambos italianos con más de 60 años en Venezuela, lanzan una exclamación como si quedaran atónitos al mencionarles el asunto de los precios. Andaban por el mercado de Quinta Crespo.

En Quinta Crespo, muchas amas de casa revisaban los precios con cierta expresión de angustia en el rostro. Apenas los mangos a mil bolívares el kilo, las sardinas y una que otra verdura presentaban un precio modesto.

Frente a las charcuterías, los clientes se detenían en la cartelera de precios colocadas en las fachadas de los expendios. La mayoría continuaba de largo.

“Nosotros somos los que recibimos los golpes ¡Estamos fritos!”, señala Andrés. Suben todos los días los precios. El pescadito cuando estaba en el sartén dice estamos fritos. Hace 15 días aumentaron y en la semana siguiente vuelven a aumentar. Es una guerra continua”.

Doña María señala que el medio cartón de huevos se elevó a doce mil bolívares, aunque ella compró en nueve mil bolívares pagando en efectivo.

“¿Quieres que te enseñe lo que compré?, señala una mujer en tono airado. “Da vergüenza: arroz picado en 2.500, es lo único barato. Es para mi perro”, dice, y continúa su marcha.

Richard Duque, recostado en un árbol en la acera de avenida Baralt, asegura que el nuevo sueldo mínimo comienza a diluirse. Vende barritas de chocolates a mil bolívares la unidad.

“Te aumentan un poquitico y te suben enormemente los precios. Yo tengo tres hijos. Uno se fue para el exterior. Tengo que madrugar. Salgo a la calle a las tres de la mañana, hasta las seis, siete de la noche. Hay que ponerle. Tiene que haber un control de precios para que se acabe la especulación”, sentencia.

Mochar la raíz

Víctor Tovar también asume el precio del cartón de huevos como una referencia de lo caro que están los alimentos básicos y demás productos de la dieta diaria. Un cartón cuesta 24 mil bolívares.

“No alcanza el sueldo. ¿qué se debe hacer?”, se pregunta. “Si al árbol le mochamos las raíces, se muere el árbol. Entonce , tienes que comenzar por abajo. Estos señores del transporte público quieren cobrar 500 bolívares por el pasaje. Ellos son ciudadanos como nosotros y comen como nosotros, pero no ven lo de nosotros, sino su beneficio. Quinientos bolívares para ellos es poco, pero para nosotros es mucho”, dice Tovar.

Manuel Ramón Aguilera, otro que estaba sentado en la plaza Miranda, se queja de la “dolarización” que se observa en las calles y negocios.

“Nosotros no podemos andar con dólares. Nuestra moneda es el bolívar. Nos tienen arruinados. Yo he rebajado cuatro dedos en la correa. Se come una vez y de broma. Yuca o plátano solo. Estamos pasando necesidades. Yo no sé ni que es carne ni pollo desde hace más de dos años”, confiesa.

María Cedeño encuentra que todo, todo está caro.

“No sé hasta dónde vamos a llegar. Para colmo, a esta edad no me reciben para trabajar en ninguna parte. Hay que pedirle a Dios.

-¿No hace falta mano dura?

-Primero Dios y después lo demás.

Rafael Manuit reconoce estar amparado con la pensión y con el aporte de sus dos hijas que compran lo necesario. Añade, con tono de resignación, que “lo que se va a comprar en la casa se compra. Tengo la pensión y con ello me ayudo. Compro solo algunas cosas”, dice.

Abordada en el centro de Caracas, por los lados de la plaza Bolívar, Edith Quintana cuenta que se le descuadra el presupuesto al comparar el sueldo mínimo con los costos de las cosas. La pensión se disuelve en dos artículos.

“Imagínese, un kilo de jabón, 25 mil bolívares. Los huevos en veinte y pico mil el cartón. Ya está listo, con esas dos cosas usted gastó la pensión. Hemos perdido el valor adquisitivo. No sé qué va a hacer el Gobierno con este problema que tiene. El Gobierno hace todo lo posible. Cuando pusieron la Sundee trabajaron dos o tres y no lo hicieron más. Uno llama y nadie contesta. No hay repuesta por ningún lado en ese organismo. Yo pienso que el Gobierno está infiltrado con la gente de la oposición y por eso no ha podido salir adelante con los programas que tiene”, refiere Edith Quintana.

-También está el abuso de cierto empresarios, ¿no?

-Es que no solamente es el grupo Polar; son todos los empresarios. Esto es pueblo contra pueblo. Si vas a Petare ves a los bachaqueros vendiendo las medicinas que da el Estado, ves vendiendo los productos del CLAP, y eso a la vista de la policía. Nadie se da cuenta de eso o se hacen la vista la gorda.

Para Lidia de Gutiérrez el aumento indiscriminado de los precios es un asalto a mano armada, ya que tumban el sueldito que te aumentan.

Señala que tras el aumento de hoy, viene el seguro aumento de mañana.

“Uno tiene que saber ómo estirar la boronita que le pagan. Se hace milagros, brincando aquí y allá. Pidiendo. Lo que se cobra no alcanza. Esos empresarios no tienen amor por el prójimo, sino amor al dinero”, piensa.

A Víctor Sánchez, residente en Los Mangos de La Vega, le parece que el Gobierno debería hacer algo, darle un para’o al aumento bestial de los precios. Propone que se lleven directamente los productos de las fábricas al consumidor, ya que cada revendedor le va sumando su ganancia.

Una medida que pondría ayudar al pueblo, sobre todo a los adultos mayores, consistiría en otorgarles créditos a aquellos que trabajan con su carrito y lo tienen dañado, sin dinero para arreglarlo.

“Yo, por ejemplo, tengo una camioneta del año 1957 con la que trabajo plomería a domicilio. Estoy sin trabajo porque ando sin carro, para completar me robaron el teléfono. Trabajo con las uñas, cargo las herramientas en una carrucha. Quisiera que el Gobierno atendiera ese caso y a los que tenemos un carro viejo para trabajar, que nos ayude”, concluye.

T/ Manuel Abrizo
F/ María Isabel Batista

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